jueves, 9 de abril de 2015

La Gran Teoría de la estética europea.

El primer tema que analiza cualquier teoría estética es el de la belleza. Los primeros en tratarlo fueron los filósofos pitagóricos (siglo VI a.C.) que no hablan propiamente de belleza sino de armonía. Para ellos la belleza es una unidad de elementos organizados con cierta proporción. Esta proporción la entienden de forma natural, como una estructura armónica que se capta con la vista o el oído.

Aunque para los pitagóricos la armonía tiene que ver especialmente con la música, pronto entre los griegos se aplica este concepto a la escultura y la arquitectura. Por ejemplo, la belleza de un pórtico surge del volumen, número y orden de las columnas y lo mismo sucede con la música con la excepción de que en este caso las relaciones son temporales y no espaciales.

Surgen así los cánones de belleza del arte griego: entienden que la belleza es calculable matemáticamente, se trata de una belleza racional, perceptible e inteligible. Así, por ejemplo la proporción del cuerpo humano en relación a la cabeza, según el canon clásico, es de siete a uno: el cuerpo humano debía medir siete cabezas siguiendo el patrón del Doríforo de Policleto. De la misma manera prestaron especial atención a la sección áurea o número de oro: el punto en el que se divide una línea en dos partes tales que el segmento menor es al mayor como el mayor al todo. Los griegos creyeron descubrir aquí un misterio: la sección áurea se situaría precisamente en el ombligo -femenino mejor- , con lo que la ley divina de la armonía numérica estaría también enlazando generaciones a través de los sucesivos cordones umbilicales.

Esta teoría podría ser denominada y con razón la Gran Teoría de la estética europea. Han existido pocas teorías en cualquier rama de la cultura europea que se hayan mantenido durante tanto tiempo o que hayan merecido un reconocimiento tan grande.

Platón amplía el concepto de belleza que habían formulado los sofistas: “lo que resulta agradable a la vista y al oído” y amplía el concepto comprendiendo, no sólo las cosas bellas, figuras colores y sonidos sino también los pensamientos y costumbres bellas, afirmaba que la belleza es una propiedad de las cosas y que está relacionada con la bondad de las mismas. Lo bello es bueno y lo bueno es bello. Así las leyes de una ciudad cuando son justas son bellas y la belleza física de un muchacho es síntoma de la bondad de su alma. 

Este modelo de belleza se mantiene en la cultura cristiana, que considera la naturaleza como la obra de arte en sí misma por ser obra de Dios, quien determina su orden y armonía. Los teólogos cristianos ven en la belleza de las cosas un símbolo, un reflejo de la belleza divina.

Pero a partir del siglo XVIII, y de manera muy clara en el siglo XIX, la belleza paulatinamente pasa de ser considerada una cualidad objetiva de las cosas a ser relativa al sujeto que contempla la belleza. Pasa a ser más importante la emoción que la belleza produce en el espectador que la proporción o la armonía que está presente en la obra de arte. ¿Cómo sucedió esto? 

En primer lugar porque los gustos habían cambiado. El arte y la literatura del barroco tardío y, fundamentalmente, del romanticismo habían hecho su aparición y habían ganado partidarios. Los cánones de belleza clásicos habían quedado desfasados y el nuevo arte rompe con las fórmulas aceptadas hasta entonces. 

En segundo lugar porque las nuevas filosofías, el empirismo y el idealismo, otorgaban al sujeto un papel preponderante: la experiencia y el conocimiento ya no eran entendidas de forma pasiva como el resultado de la aceptación de una verdad objetiva que se nos muestra y ante la cual sólo cabe asentir o apartar la mirada. Por el contrario la experiencia y el conocimiento sólo eran posibles a partir de la actividad propia del sujeto: es el sujeto cognoscente quien construye el conocimiento a partir de los datos caóticos de los sentidos. Se proponen leyes y reglas que rigen la actividad constructiva del sujeto de tal manera que este deja de ser una caja negra de la que nada se sabe para pasar a ser la clave de todo. También de la Belleza.  La Gran Teoría había caído después de casi veinticuatro siglos. 

En nuestros días la belleza, además de desvincularse del arte como explicaremos en el próximo apartado, ha perdido ya toda referencia objetiva y designa más bien un estado de ánimo en el espectador antes que una cualidad de las cosas.

Imaginemos que un amigo nos dice que: “el Ayuntamiento de mi ciudad es un edificio feo”. Esta frase es formal y pretendidamente informativa. Se nos pretende informar que el citado centro tiene la propiedad de ser feo. Pero este edificio, como cualquier otro, no puede ser feo o bello. Prueba de ello es lo siguiente: ¿qué información se obtiene del edificio citado cuando se dice de él que es feo? Ninguna. Cada cual ha de imaginárselo según pueda. O mejor dicho, ha de figurarse qué concepto tiene de feo el sujeto que ha dicho la frase y cómo lo aplicaría a un objeto concreto. No ocurre así cuando se dice de un objeto cual es su extensión, su altura o su color. Así pues fealdad o belleza ya no son propiedades de objeto alguno, solo designan la desaprobación o aprobación de un sujeto que contempla un objeto.

Pero los conceptos sirven para comunicarnos y la comunicación sólo es posible si el emisor y el receptor de un mensaje comparten un mismo código, es decir son capaces de atribuir los mismos significados a los signos lingüísticos. Entonces... ¿para qué sirve un concepto que tiene un significado exclusivamente subjetivo? Si cada persona entiende por belleza lo que le viene en gana ¿Cómo podemos transmitir nuestra emoción ante una obra de arte? ¿Tiene sentido continuar utilizando un concepto que no tiene ninguna referencia objetiva? ¿No habremos ido demasiado lejos? ¿Es en verdad igualmente bella una madonna de Rafael que una heroína del Manga?

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