martes, 7 de abril de 2015

La experiencia estética.

La experiencia estética consiste la producción y contemplación de la belleza. Así pues este concepto engloba tres elementos y sus respectivas relaciones: artista, obra y espectador. Suponemos que es la “belleza” lo que se transmite en esta cadena: el artista genera belleza, que la materializa en la obra de arte y es percibida por el espectador. 

Naturalmente la experiencia estética ha ido evolucionando a través de la historia. El arte clásico (griego y romano) parte de una concepción objetiva de la belleza como armonía y proporción. La experiencia estética toma como centro de gravedad la obra de arte, si esta es proporcionada y armoniosa necesariamente será percibida como un objeto bello.

Durante la Edad Media, la experiencia estética (la contemplación de la belleza) se aproxima a la experiencia religiosa (la contemplación de Dios), pues el reconocimiento de las cosas del mundo nos lleva a desear la fuente de esa belleza, el manantial de donde brota: Dios, el divino hacedor. En última instancia la experiencia estética y la religiosa tienen el mismo objeto: Dios.

En el siglo XIX, durante el Romanticismo se entendió por primera vez la experiencia
estética de un modo significativamente diferente. Lo que el público romántico esperaba de una obra de arte es que le produjera una intensa emoción de carácter irracional que tomara posesión de la mente y la llevara un estado de suma exaltación, alejándola de su curso normal. La belleza racional, armoniosa y matemática del pasado no producía los efectos deseados. El concepto de belleza fue sustituido por el de “lo sublime”. La experiencia de lo sublime sume al espíritu en una especie de anonadamiento, de incapacidad para reaccionar. Lo sublime es terrible, no se somete ni a la compasión, ni a la mesura, ni a la cordura. No conoce ningún límite y, por eso, transgrede toda norma, toda ley, toda moral.

A pesar de que supone una amenaza para quien lo experimenta (lo sublime mata o enloquece), lo sublime es inmensamente atractivo y seductor, como las sirenas que tientan a Ulises en su viaje de regreso a Itaca.

Finalmente cabe destacar que lo sublime es privilegio de unos pocos, pues no son muchos los que tienen la suerte de encontrarlo, la sensibilidad para reconocerlo y la fortaleza para soportarlo. Lo sublime es patrimonio del genio.

Los románticos, igual que los artistas contemporáneos, se caracterizaban por una constante búsqueda de la libertad. Pero los románticos entendían que la libertad estaba ligada a un proyecto estético, la percepción de lo sublime, y a un proyecto ético, la ruptura con el código moral establecido. En cambio, el arte contemporáneo aspira a una libertad absoluta, libre de todo compromiso estético o ético. Consecuencia de esta libertad es también que el arte contemporáneo se disgrega en un amplísimo abanico de corrientes: expresionismo, dadaísmo, constructivismo, neorrealismo, cubismo, pop-art... 

En otra época, los artistas intentaban crear objetos bellos y esta belleza era reconocida por el espectador. En cambio, el artista contemporáneo no está dispuesto a rendir pleitesía ante nada ni ante nadie. Su producción artística puede buscar la belleza, sí, pero no tiene porqué hacerlo. Esta desvinculación del arte con la belleza nos conduce a una constante transgresión de los códigos artísticos vigentes, llegando finalmente a la paradoja de que finalmente ya no hay códigos o normas que romper porque “todo vale” 

La obra de arte contemporánea busca el impacto, la provocación, la novedad, a veces sólo para experimentar, pero muchas otras para que la obra sea capaz de agitarnos y despertarnos incorporando para ello en muchos casos e intencionalmente la fealdad, porque esta forma parte de nuestro entorno y porque el artista quiere que su obra sea testimonio y memoria de un mundo que ha atravesado demasiadas veces el horror (pensemos por ejemplo en aquellos artistas que fueron testigos nada menos que de dos guerras mundiales, mas todo el sufrimiento y la injusticia que en muchos lugares del planeta, pero también en rincones de nuestras propias ciudades, siguen existiendo). Cuando Picasso pintó el Guernica no pretendía hacer una obra bella pretendía denunciar la injusticia del bombardeo de una ciudad sin objetivos militares por parte de la aviación alemana. Pretendía representar el horror y la atrocidad que habían cometido los militares para que se avergonzaran sus autores y aquellos que por omisión lo habían hecho posible. Es pues una especie de pudor que asumen muchos artistas como compromiso personal o social, porque se sienten mal ofreciendo siempre una imagen bella de su entorno que no se corresponde con la realidad. 


Otras veces, sin embargo, el abandono de la belleza es simplemente una opción estética, un ejercicio de libertad y una liberación para la creatividad del artista que puede así manifestarse sin cortapisa alguna. En la búsqueda de la ruptura y la novedad el artista contemporáneo experimenta con nuevas formas, nuevos materiales (periódicos, cartones, materiales de desecho...) y nuevas expresiones (videos, instalaciones, performances...).

Lo importante en el arte moderno no es la belleza, sino el significado. En palabras de A.C. Danto, (Michigan, 1924) uno de los teóricos del arte más reputados de la actualidad: “Para una obra de arte contemporáneo, la belleza es una especie de delito estético. La belleza sólo tiene un papel si añade algo al significado de la obra y eso sucede usualmente cuando la obra tiene una función extra, además de ser mirada” La actitud del asiduo a las galerías de arte contemporáneo es parecida a la del aficionado a los jerogríficos: siempre atento a los detalles, buscando relaciones entre los elementos de la obra que le permitan “captar el mensaje”, dar con el significado de la obra.

El arte contemporáneo (o al menos una buena parte de él) aspira a una obra de arte puro, liberado de todo compromiso ético y estético. El arte así entendido corre diversos riesgos, de los cuales algunos son:
  • Frivolidad o banalidad: cuando el único valor es la novedad, cuando ya no hay normas o cánones a partir de los cuales calibrar la habilidad del artista y la calidad de la obra de arte, entonces, todo se fía a la espontaneidad: el artista se lanza a emborronar telas o cuartillas “a lo que salga”, llevado por sus caprichos. No es de extrañar que el resultado sea una obra frívola e intrascendente que ni engrandece el mundo ni aporta nuevas vías de expresión. Cuando el arte se aleja de las grandes cuestiones de la vida se convierte en una cáscara vacía e intrascendente. 
  • Cripticismo: Llamado por su afán transgresor el sentido del arte se reduce con frecuencia a un simple “no ser como...”, mera polémica entre escuelas rivales que aleja la producción artística del público al que va dirigida y para quien resulta absolutamente incomprensible. El público es, así, olvidado y despreciado y emerge la importancia del crítico mediador imprescindible entre el arte y el espectador. Consecuencia de ello es que el crítico se convierte en el primer interesado en el carácter críptico de la obra, por lo que tenderá a fomentar y deleitarse ante lo que sólo él entiende. 
  • Mercantilismo. Al ser el arte asunto de expertos, el público no puede fiarse de su propio criterio: ¿Cómo reconocer entonces lo que es una obra de arte? Porque la obra de arte se expone en museos y galerías, porque es reseñada en tal o cual publicación (reseñas que pueden estar determinadas por intereses comerciales) etc. Y ¿Cómo calibrar su valor? Por el precio. El dinero se convierte en la medida del valor artístico: Picasso es mejor pintor que Antonio López porque sus obras “valen más”.

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