martes, 7 de abril de 2015

El juicio estético.

Uno de los temas más discutidos en el seno de la teoría estética es el de si existe un sentido especial para apreciar la belleza y valorar las obras de arte al igual que existe el sentido de la vista para ver o el del oído para oír y si, en caso de existir, este sentido está presente en todos por igual o si así como hay personas que oyen mejor que otras, también hay personas especialmente dotadas para apreciar y valorar las obras de arte. 

Aunque se han utilizado términos diferentes, es usual referirse a este sentido con el nombre de gusto y sobre él se ha reflexionado bastante sobretodo ciertos autores del siglo XVII. Algunos filósofos como el irlandés Hutchetson, hablaron de un “sentido de la belleza”, como la facultad de formar la idea de Belleza en presencia de ciertas cualidades de objetos capaces de suscitarla. Hutcheson influyó mucho en dos grandes teorías que sobre el gusto se formularon en el s XVIII: la de David Hume y la de Inmanuel Kant.

Para Hume, al igual que para Hutchetson, la belleza no es algo presente realmente en los objetos bellos, sino algo relacionado con el espectador que los contempla; no es una cualidad objetiva de las cosas, sino un sentimiento placentero que se produce en el espectador. Tal sentimiento, como todos, es irreflexivo, se produce de manera inmediata al margen de la razón. Pero esto no significa que la apreciación de la belleza sea algo totalmente subjetivo y que se excluya toda posible discusión sobre los juicios estéticos. Muy al contrario, Hume nos habla de una “norma del gusto”. El gusto, la capacidad para apreciar la belleza, es algo que varía no sólo de un individuo a otro, sino de manera histórica: diversas épocas tenían cánones de belleza diferentes.

Hume no piensa, como Platón, que la belleza es algo único, perfecto e inmutable que permanece siempre idéntica a sí misma. Hume concede que la belleza está sujeta a los avatares históricos: que distintas épocas y culturas diferentes tienen un concepto diferente de la belleza. Esto no quiere decir que el gusto sea algo totalmente subjetivo. Supongamos que somos ciudadanos de una polis griega, por suponer un lugar y un tiempo histórico donde hay un concepto de belleza claramente diferenciado; en nuestra polis todos estamos de acuerdo en que la Venus de Milo es una escultura bellísima ¿A qué se debe la unanimidad en el juicio? Algo debe haber en el objeto, determinadas cualidades, que hacen que el sentimiento que produce sea tan indiscutible. Además, las cualidades que hacen que el objeto sea bello han de estar presentes en grado sumo para despertar un acuerdo tan amplio. Pero seguro que existen otras esculturas, otras obras de arte que contienen las mismas cualidades pero en menor grado. ¿Qué pasa entonces? Que ya no existe unanimidad, que no todos son capaces de experimentar ese sentimiento placentero que identificamos con la belleza ante la presencia del mencionado objeto. Es aquí donde aparece el “buen gusto”.

Hay personas especialmente dotadas, por educación principalmente, para captar las cualidades que producen belleza aunque estas se encuentren en pequeñas proporciones. De la misma forma que los enólogos son capaces de captar aromas en los vinos que se nos ocultan a la mayoría. Los aromas están presentes en el vino, pero en pequeñas cantidades, solo los que tienen un gusto refinado pueden discernirlos. También el aficionado a la ópera es capaz de discernir una sobresaliente actuación de un tenor en una velada determinada, mientras que, para el profano, dos representaciones son idénticas. Las personas que reciben una esmerada educación están más capacitadas que el resto para apreciar cualidades en una obra de arte. Ellos tienen un gusto delicado. Son los críticos.

Siguiendo la costumbre de los autores ingleses, Kant llama juicio de gusto al juicio que declara bella una cosa. La palabra “gusto” sugiere inmediatamente subjetividad como había apuntado Hume, y Kant está de acuerdo. El juicio de gusto es una proposición que expresa un sentimiento, no un conocimiento. Una cosa es el conocimiento conceptual de un edificio (su estructura, estilo, función, etc.) y otra la apreciación de su belleza.

Pero aunque el fundamento del juicio del gusto es subjetivo, lo que realmente decimos es, sin duda, algo acerca de la cosa; a saber, que esta es bella. ¿Qué queremos decir al afirmar que una cosa es bella? ¿Cuáles son las características de los juicios estéticos?
  • El juicio estético es desinteresado, lo que no significa que se trata de una situación de aburrimiento, quiere decir que se trata de una satisfacción contemplativa. Que no deseamos contemplar la belleza para satisfacer ningún fin o interés sino que la belleza nos interesa por sí misma y el juicio estético, por lo tanto, no está encarrilado a ningún otro fin. Por ejemplo: supongamos que estoy contemplando la pintura de un fruto y digo que es bella. Con ello no quiero decir que me gustaría comerme el fruto si fuera real, sino solamente que encuentro placer en la contemplación del objeto. 
  • Pretensión de validez universal. Kant distingue entre “lo agradable” y “lo bello”. Cuando digo que el sabor de las aceitunas es agradable puedo admitir perfectamente que alguien diga: “usted lo encuentra agradable, pero para mi es desagradable”. Pues reconozco que mi afirmación se basa en la sensación o el gusto privado y “sobre gustos no hay nada escrito”. Pero cuando digo que una obra de arte es bella pretendo tácitamente, que sea bella para todos. O sea: pretendo que el juicio no se base en sentimientos puramente privados, sino en sentimientos que atribuyo a otros o que exijo de otros. Los juicios de gusto en sentido kantiano, tienen pretensión de validez universal. 
Como es natural, Kant no piensa que cuando uno llama bella a una estatua crea necesariamente que todos la consideren bella. Kant quiere decir al formular su juicio estético que el sujeto sostiene implícitamente que los demás deberían reconocer la belleza en la estatua. Pero... ¿por qué tenemos la esperanza de que los demás reconozcan la belleza de la estatua? Si la belleza no se capta con los conceptos sino a través del sentimiento.... ¿por qué presuponemos que los demás tienen sentimientos semejantes a los propios? Kant sostiene que todas las personas compartimos algo así como un sentido estético común que nos permite apreciar y reconocer la belleza. La existencia de tal sentido no es algo que se pueda probar, más bien es el presupuesto necesario para hacer compatibles dos proposiciones verdaderas. 

La belleza no es una cualidad objetiva de las cosas, sino un sentimiento que pertenece al sujeto. Pretendemos que nuestros juicios estéticos sean reconocidos universalmente, es decir, pretendemos que los demás den su conformidad a nuestros juicios estéticos. Si las dos proposiciones anteriores son verdaderas, y esto es evidente para Kant, necesitamos postular un ”sentido común” perteneciente a la naturaleza humana que nos permite reconocer la belleza y que hace posible la comunicación y el acuerdo sobre cuestiones estéticas.

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