viernes, 10 de abril de 2015

¿El fin del Arte?

Entre otras muchas definiciones que convienen al ser humano, una podría ser la de animal artístico. El hombre es un animal que no se conforma con utilizar lo que encuentre a su alrededor, sino que lo transforma, lo adapta y utiliza para crear nuevas cosas. Algunas de ellas no tienen una utilidad más allá que el placer que encontramos en su contemplación. 

Esto ha ocurrido siempre: desde los albores de la humanidad hasta nuestros días. A pesar de ello, algunos alzan su voz para anunciar que el tiempo del arte ha pasado, que el arte contemporáneo es el canto del cisne de una historia que se remonta al origen del hombre. Veamos algunos de sus argumentos.

En el siglo XIX, el filósofo alemán Hegel fue el primero en vaticinar el fin del arte.
Podríamos pensar que toda la historia del arte del siglo XX es la más contundente prueba de la equivocación de Hegel, pero quizá nos estemos precipitando. Para valorar en su justa medida la tesis hegeliana debemos acudir a los argumentos que la sustentan, evaluar su coherencia o falta de ella, su concordancia con los datos de los que disponemos o su desajuste con los mismos, etc.

Un problema añadido es que la argumentación a la que nos referimos no es una teoría aislada, sino que forma parte de un cuerpo mucho más amplio, la totalidad de la filosofía hegeliana, que no podemos exponer aquí. Aun así, la teoría estética hegeliana es suficientemente interesante como para estudiarla por sí misma, al margen de la totalidad del sistema hegeliano (que recibe el nombre de idealismo absoluto).

Hegel afirma que el arte es la manera en la que los pueblos manifestaban lo que podríamos llamar su espíritu. Así, por ejemplo, a través del arte maya conectamos con el espíritu de aquel pueblo: sus miedos, sus creencias, sus esperanzas, etc. De la misma forma las primeras manifestaciones artísticas que conocemos, Venus de pechos y caderas anchas con unos órganos sexuales muy marcados, nos indican la importancia de la fertilidad y fecundidad para aquellas gentes.

El primer período artístico de la humanidad lo denomina Hegel arte simbólico. Las formas aún son toscas, las técnicas poco refinadas y la mimesis o representación, muy imperfecta. La materia se impone al espíritu y no permite una plena manifestación de este. Pero estas obras nos impresionan por su fuerza simbólica, por el significado que intuimos asociado a estos objetos. Las imponentes pirámides, las esfinges egipcias o los relieves asirios nos producen una profunda impresión porque nos muestran el espíritu de aquellos pueblos. No se limitan a ofrecernos información objetiva sobre, por ejemplo, la complicada estructuración jerárquica, la necesaria división del trabajo, la importancia de la casta sacerdotal, o la fortaleza de la dinastía reinante que hizo posible la construcción de las pirámides. Nos muestran, además, el ansía de inmortalidad, la grandiosidad, el orgullo o la crueldad de aquellos pueblos. Su espíritu, en definitiva. 

El segundo periodo artístico es del arte clásico. Este periodo esta marcado, como hemos visto, por la idea de armonía. No sólo armonía entre las formas o las dimensiones de la obra de arte, sino también armonía y equilibrio entre el espíritu y la materia. Nunca el espíritu de un pueblo tuvo una plasmación tan fiel en sus obras artísticas como en el caso de los griegos. Grecia es el Partenón, el Discóbolo, la Venus de Milo... Los artistas griegos, y después los romanos, supieron materializar mejor que nadie el espíritu del pueblo al que pertenecían.

Hegel da un importante salto, hasta su propia época, para caracterizar el tercer y último
periodo de la historia del arte: el arte romántico. El romanticismo se caracteriza porque el espíritu desborda a la materia que es, para el artista romántico, una limitación, un estorbo del que prescindiría de buena gana si fuera posible. El espíritu ha cambiado y ya no se ajusta a las formas clásicas. El espíritu del que estamos hablando no es otro que la propia cultura occidental que ha roto con el ideal clásico de belleza y explora nuevos caminos. La belleza ha sido sustituida por lo sublime y las obras de arte transmiten con dificultad la emoción deseada (pues lo sublime no conoce límites ni proporción alguna). El último género artístico es la música, pues es el que más puede prescindir de los elementos materiales. Todavía en una obra musical, como la cabalgata de las Valkirias de Wagner, por ejemplo, podemos encontrar el espíritu romántico que se resiste a quedar confinado en una cárcel material. Pero finalmente ya ni la música puede aspirar a representar al espíritu, pues este se ha vuelto demasiado abstracto, demasiado complejo.

¿Podemos sacar aún hoy, en el siglo XXI, alguna enseñanza de esta vieja teoría decimonónica? Puede que sí. El arte que nos impacta, aquel que todos reconocemos como genuino es el que trasciende el mundo interior del artista y nos dice algo de su tiempo y de su mundo. Por eso las obras de arte antiguas no suscitan controversia. El artista es como un “médium” por donde habla “el espíritu” (en términos hegelianos). Pero cuando el artista sólo aspira a mostrarnos su “mundo interior” no podemos dejar de preguntarnos: y eso... ¿a quién le importa?

El arte, durante siglos ha aspirado a la universalidad, el artista ha puesto de individualidad y su personalidad al servicio de una meta más elevada: captar y representar el espíritu, o los valores, las creencias, los deseos y los miedos propios del mundo que le ha tocado vivir. Pero nuestro mundo se ha vuelto demasiado complicado. El artista sólo aspira a dejar una muestra de su individualidad, a demostrar que él posee una “personalidad creativa” y claro, no hay un artista sino muchos, todos ellos demostrando lo únicos y originales que son, abdicando de toda pretensión de universalidad, mostrando, de manera desvergonzada, lo peculiar y exclusiva que es su “mirada”. Pero.... ¿eso es Arte?

El fin del arte ha sido proclamado no sólo por algún filósofo sospechoso de resentimiento ante su propia falta de creatividad, sino por algunos artistas. Son los pertenecientes a las vanguardias.

Las vanguardias artísticas son un conjunto muy variado de corrientes (expresionismo, dadaísmo, surrealismo, cubismo...) y artistas que surgen a principios del siglo XX y que reaccionan contra el arte tradicional. Las características de estas corrientes y las obras de estos artistas están al margen de los objetivos del presente tema. Entre todos ellos vamos a destacar solamente a dos artistas que por su obra han cambiado drásticamente la concepción del arte: Marcel Duchamp y Andrew Warhol. 

En 1917 Marcel Duchamp fue invitado por la galería Grand Central de Nueva York a formar parte del jurado de una exposición de artistas independientes. Sin informar a nadie, el propio Duchamp envió para exponer en esa exposición un urinario de porcelana blanca firmado con el seudónimo "R. Mutt". Cuando su Fuente fue rechazada para la exhibición, Duchamp denunció al jurado y el incidente causó un escándalo que sacudió al mundo del arte. 

Con esta actitud provocadora Marcel Duchamp quiso mostrar su desilusión ante las formas tradicionales del arte, pintura y escultura, como medios de expresión, y su rechazo ante la idea de que el arte y el artista tienen una "naturaleza especial" distinta a la de los hombres y objetos ordinarios. Su gesto de enviar a la exposición un producto comercial fabricado en serie y firmado por un "artista" inexistente, se opone radicalmente a la sacralización de la obra de arte como "creación única e irrepetible", salida de las manos de un "genio". Este desafío "antiartístico" proponía romper con las barreras del arte y ampliar sus horizontes. En la defensa de su Fuente, Duchamp escribió: “Si el Sr. Mutt construyó o no con sus propias manos la Fuente no tiene ninguna importancia. Él la ELIGIÓ. Tomó un objeto de la vida diaria, lo reubicó de manera que se perdiera su sentido práctico, le dio un nuevo título y punto de vista y creó un nuevo significado para ese objeto.” 

El concepto artístico que Duchamp postula con obras como Fuente es el del ready-made, es decir "lo ya hecho" u "objeto encontrado". Es decir que encuentra objetos manufacturados que descontextualiza de su entorno común y a los que les otorga una nueva identidad. Con ello, Duchamp ubica la esencia del acto artístico en la IDEA y selección del objeto, no en la creación ni en la imagen visual de la obra. De este modo, el artista se libera de la manualidad y, por ende, de la técnica, que la tradición artística entendía como indisolubles del acto creador.

En su momento, y quizá todavía, obras como ésta se tomaban como una agresión. Marcel Duchamp usó este tipo de violencia para combatir las ideas convencionales del arte. Su actitud coincide con el movimiento dadaísta (Zurich,1916), en donde se cuestiona la validez del arte mismo. Duchamp y los dadaístas buscaron demoler las barreras entre el arte y la vida, declarando que cualquiera podía ser un artista y cualquier cosa podía convertirse en una obra de arte. 

Lo que hicieron Duchamp y los dadaístas tenía un sentido: era una reacción frente a una consideración elitista del arte y una negación del concepto romántico de “genio creador”. Pero... ¿qué más cabe decir? Cuando cualquier objeto cotidiano puede ser contemplado como una obra de arte ¿no es prueba suficiente de que un camino ha tocado a su fin?

Andrew Warhol, el principal representante del pop-art, da un último paso en este camino hacia la disolución del arte. Al fin y al cabo las excentricidades de Duchamp y los dadaístas eran comentadas entre pequeños círculos de personas aficionadas al arte pero no llegaban al “hombre de la calle”. Si el arte había muerto la mayor parte de la gente no se había enterado. Warhol será el encargado de hacérselo saber.

Warhol alcanza el éxito trabajando como diseñador y publicista. Pero Andy quiere pintar y alcanzar el éxito con sus cuadros y lo consiguió presentando los productos de consumo como arte. Surgen así las primeras serigrafías de la sopa Campbell, las botellas de coca-cola, envases de jabón, latas de conserva, etc. Warhol consiguió anular la distinción entre objeto de consumo y obra de arte. Y su éxito no se limitó a la admiración de un reducido grupo de críticos. Alcanzó un reconocimiento universal. A partir de Warhol es aún más difícil, por no decir imposible, determinar qué es una obra de arte. Cualquier cosa puede ser un objeto artístico: si Warhol firma un ticket de compra, tal objeto se convierte en un objeto artístico, porque Warhol es un artista reconocido. Pero no es sólo Warhol, hay otros muchos. Parece que en el momento en que un artista alcanza reconocimiento social pasa a ser la medida de lo que cabe entender por arte. En última instancia, es arte todo lo que produce un artista y es artista aquel que el entorno del arte (críticos, galeristas, profesores universitarios....) decide que lo es. No hay criterio alguno, todo es cuestión de voluntad. Un grupo decide quien es el artista y este decide lo que es una obra de arte. ¿Es realmente descabellado afirmar que el arte ha muerto?

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