domingo, 19 de abril de 2015

Contra la tecnocracia.

La sociedad tecnológica ha propiciado lo que algunos filósofos llaman tecnocracia. El término deriva de los vocablos griegos "tecné" -técnica- y "cratos" (gobierno). T. Roszack, uno de los más conocidos teóricos de los movimientos juveniles de rebeldía surgidos durante los años sesenta, definió a la tecnocracia como aquel sistema donde los gobernantes se remiten a los técnicos para justificar ideológicamente sus decisiones, y éstos, a su vez, se remiten a las formas científicas del pensamiento.

Los que en un sentido amplio hemos denominado racionalistas dan por buenas las siguientes aseveraciones:
  • La ciencia, y la tecnología surgida de la ciencia, y sólo ellas, pueden resolver los problemas 
  • Sólo los expertos están capacitados para participar en las decisiones, porque sólo ellos, en rigor, saben.
Si aceptamos íntegramente estos dos enunciados, tendremos que admitir que, ante cada problema social concreto, sólo existe una única forma de actuación que se ajuste al pensamiento racional. Es decir, desaparece la diversidad de opciones y se impone un criterio exclusivo, pretendidamente universal porque está inspirado en la ciencia. Debido a la dificultad inherente a las cuestiones científicas sólo unos pocos están cualificados para dictaminar que es lo correcto en cada caso y lo harán basándose en principios estrictamente racionales lo que redundará en beneficio de todos. El gobierno de los expertos acabará con las disensiones y la irracionalidad de otras formas de organización social. Se supone.

Paul Feyerabend es un filósofo austriaco que ha combatido esta manera de ver la ciencia y la tecnología. 

En relación a la primera tesis esta es una manifestación de un miope etnocentrismo. La ciencia es una forma de discurso que ha demostrado ser satisfactorio porque permite solucionar problemas, predecir fenómenos naturales y dar una explicación del universo. Pero pretender que la ciencia es la única descripción adecuada de la realidad, el único discurso verdadero es, por razones que no podemos desarrollar aquí, una manifiesta ingenuidad- entre otras cosas porque no existe un único discurso científico, la manera en que comprenden y explican la realidad un físico cuántico, un biólogo molecular y un astrónomo, por ejemplo, tienen menos en común de lo que pudiéramos creer-. Por otro lado, ¿acaso debemos creer que las personas que no se han regido por una cosmovisión científica y, sin embargo consiguen sobrevivir, y desarrollar vidas moderadamente felices y plenas han sido victimas de una ilusión? Han tenido ideas definidas sobre el mundo y sus constituyentes. Han percibido, reaccionado y organizado su mundo en alrededor de todo tipo de entidades: dioses, espíritus, demonios…Sin embargo no estaban más desordenados de lo que estamos nosotros. Por el contrario sus vidas eran menos dispersas, carentes de sentido y crueles que las nuestras. ¿Es razonable suponer que todo fue un enorme error? Conviene destacar el caso de la medicina en China, en la que - siempre según con Feyerabend - a partir aproximadamente de 1954 se habría restablecido la libre competencia entre ciencia y medicina tradicional en los hospitales: “se descubrió entonces que esta última disponía de métodos de diagnóstico y terapia superiores a los de la medicina científica occidental” con lo que se demostró que la pretendida superioridad de la medicina occidental era un prejuicio carente de fundamento.

En relación a la segunda tesis, la idea de que los expertos tienen un punto de vista más objetivo e imparcial que la gente común es sumamente peligrosa. 

En España en los años 60 se contruyeron presas en lugares donde antes vivía la gente porque era lo que aconsejaban los expertos; en Rumanía, Ucrania, Rusia y otros países, durante la época del socialismo, se obligó a desplazarse a millones de personas de un lugar a otro en aras de un “desarrollo racional y equilibrado del estado”; los expertos del fondo monetario internacional orientaron la política económica de países como Argentina en la década de los noventa; también los expertos en urbanismo y desarrollo dieron el visto bueno a los planes de urbanismo del levante español, los expertos en educación avalaron la antigua LOGSE y España se ha convertido en uno de los países con peores resultados académicos (ya veremos que pasa con la nueva LOE) … ¿Cómo son posibles tantos errores? ¿o no son más que la excepción que confirma la regla? 

En todo caso la cuestión no es que los expertos se equivoquen sino si tiene un fundamento la creencia de que su punto de vista es superior y merece más credibilidad que el que sostienen múltiples personas afectadas por las decisiones que el estado se dispone a tomar en un momento dado. Feyarabend, por ejemplo, sostiene que no. Como ya había hecho ver Habermas no existe el conocimiento desinteresado. Todo saber responde a unos intereses más o menos ocultos, más o menos confesados ¿Cuál es el interés de los expertos? A menudo sus decisiones obedecen a intereses sectoriales, cada grupo pugna por preservar su círculo de influencia, su cota de poder, en suma por hacerse imprescindibles. Los psicólogos sostienen que su presencia en la Seguridad Social es imprescindible; los expertos en nutrición insisten en que deben ser consultados antes de elaborar el calendario de comidas en los comedores escolares; los arquitectos afirman que los aparejadores no están cualificados para realizar las tareas que hasta ahora vienen realizando; los ingenieros sostienen que son los arquitectos los que no pueden hacer algunas obras como puentes u otro tipo de estructuras etc. 

Feyerabend concluye que un experto es una persona escorada, alguien que ha aprendido a distorsionar su humanidad en una dirección única, la de su área de especialización. Claro, que igual de tendenciosos somos los inexpertos. Por tanto no hay un colectivo especialmente capacitado para tomar decisiones así que lo mejor es tomar las decisiones importantes entre todos los ciudadanos. Eso se llama democracia. Una democracia es un colectivo de personas maduras. En palabras de Feyerabend:
"La madurez no se encuentra tirada por las calles, sino que hay que aprenderla. No se aprende en las escuelas (al menos no en las escuelas actuales, donde se enfrenta al estudiante con copias desecadas y falsificadas de viejas decisiones), sino por medio de una participación activa en las decisiones que se hayan de tomar. Por supuesto, los científicos parten naturalmente de que no hay nada mejor que la ciencia. Pero los ciudadanos de una democracia no pueden darse por satisfechos con una fe tan piadosa. La participación de los profanos en decisiones fundamentales sería necesaria aun cuando esto supusiera una reducción en la cuota de éxitos de las decisiones que se tomen (…) En una democracia, el poder regulador debe estar en manos de los ciudadanos. Son ellos quienes contribuyen económicamente; por tanto tienen derecho a intervenir en la marcha de las instituciones y decidir, por ejemplo, si quieren que en las universidades públicas se enseñe vudú; astrología o las ceremonias de la danza de la lluvia. Las que se manejan con fondos privados, como Stanford, pueden enseñar el falsacionismo o a Von Neumann. Los ciudadanos podrán pedir consejo a los expertos pero estos no tienen la última palabra. La última palabra corresponde a la decisión adoptada por los comités constituidos democráticamente.”

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