martes, 16 de septiembre de 2014

La caja de Pandora.



Por Laura Vázquez

Cuenta el poeta Hesíodo (Grecia, s.VIII a.C.) que Prometeo, el titán responsable de la creación del hombre, desafió al mismísimo Zeus engañándole en beneficio de la humanidad para que ésta pudiese alimentarse de la carne de los animales ofrecidos a los dioses. Colérico, Zeus decidió privar a los hombres del don del fuego. Pero Prometeo, que no temía a los dioses, trepó el monte Olimpo y robó la llama del carro de Helios, el dios del Sol, para luego llevarlo de nuevo a la Tierra y que así los hombres pudieran calentarse. Esto desató la furia de Zeus, quién ordenó a Hefesto (Dios del fuego y la forja) crear una mujer a partir de arcilla, dotándola de vida y de formas sugerentes que atrajeran la atención de los hombres. Afrodita, diosa de la lujuria y la belleza, le otorgó gracia divina; mientras que Atenea, diosa de la sabiduría, la atavió y le concedió el don de las artes. Sin embargo, a Hermes (El mensajero de los dioses y dios del engaño) se le encargó sembrar en su alma la mentira, la seducción y un carácter caprichoso y manipulador que harían de ella un "Bello mal": los hombres se verían atraídos por ella sin saber que al hacerlo estarían aceptando una gran desgracia. Zeus llamó a la mujer Pandora, "la que da todo", y mandó a Hermes que la enviase a Prometeo, quien sospechó de ella y terminó rechazándola. Entonces Hermes la ofreció a Epimeteo, el hermano del titán, que se mostró receloso debido a las advertencias que le habían hecho acerca de aceptar regalos de los dioses. Pero acobardado por la furia de Zeus y perdidamente enamorado, Epimeteo tomó a Pandora como esposa prohibiéndole abrir la caja que había traído consigo bajo ninguna circunstancia, una caja que contenía todas aquellas desgracias con las que el dios había querido castigar a la humanidad. Pandora, movida por la curiosidad, terminó cediendo a la tentación y abrió la caja liberando así todos los males que poblarían el mundo desde ese momento quedando únicamente en el fondo de la caja la esperanza.  

Existe una relación entre este mito y el papel de la mujer en la sociedad de la antigua Grecia. La mujer griega, al igual que Pandora, se presentaba a los hombres como una especie de "mal necesario", es decir, una desgracia que debían soportar si querían tener descendencia. A esto se reducía la vida de las mujeres en esta sociedad patriarcal: una vida completamente limitada al cuidado del hogar y sometida a la voluntad de su padre, marido o incluso hijo. Apenas salían de casa, donde sus principales labores consistían en confeccionar la ropa de todos los miembros de la familia, cocinar y administrar el patrimonio familiar. Ya que se les consideraba física e intelectualmente inferiores a los hombres, tampoco se les permitía participar en la vida política (no eran consideradas ciudadanas) y recibían menos de la mitad de la ración de comida que recibían los hombres.   

Por esta razón, el pensamiento de Platón sobresalió tanto en comparación con la realidad misógina que se daba en la sociedad del momento. Si bien en ningún momento defendió los derechos de la mujer ni los igualó a los del hombre, si es cierto que equiparó la naturaleza de ambos y dio especial importancia a la educación igualitaria para la construcción de una sociedad ideal. De esta forma, el hombre se reproduciría con alguien semejante a él y su descendencia sería perfecta (ref. La República, 380 a. C).

Su discípulo Aristóteles no fue tan positivo con el papel de la mujer en la sociedad. Por el contrario, él concebía a las mujeres como "hombres incompletos" que necesitaban al varón para cumplir con su única función: procrear. Aristóteles pensaba que el niño heredaba todas sus cualidades del padre, y que éstas estaban contenidas en su esperma. De este modo, la mujer actuaba únicamente como receptora: ella recogía y gestaba la semilla, pero era el hombre el encargado de sembrarla. Además, consideraba que las mujeres tenían un carácter inestable y que, al no recibir ninguna educación, tampoco debían gozar de autoridad. Creía firmemente que el silencio y la sumisión eran las mayores virtudes de la mujer y que si se daba cualquier caso contrario a esto se trataba de una excepción antinatural. 

Esta última sería, a partir de entonces, la visión que predominaría en las sociedades posteriores a la helénica. Una visión que ha condicionado las vidas de las mujeres a lo largo de la historia, y que aún no se ha conseguido erradicar del todo en pleno siglo XXI. Pero, ¿Qué hubiera pasado si fueran las ideas platónicas en lugar de las aristotélicas las que hubiesen dominado el pensamiento del hombre en lo referente a la mujer durante todo este tiempo?

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