lunes, 25 de septiembre de 2017

El barco de Teseo

barco griego
Por Pascual González.

Cuenta un mito griego que, en Creta, la reina Pasífae se enamoró de un toro; como es natural el toro declinaba satisfacer los deseos de la reina, lo que provocaba la desesperación de ésta. Así que decidió pedir ayuda de Dédalo, un sabio constructor e ingeniero de la isla. Dédalo construyó un armazón con forma de vaca, dentro del cual se introdujo Pasífae. El engaño tuvo éxito y el toro, tomando por vaca lo que sólo era un simulacro, montó a Pasífae, oculta en su interior. Fruto de aquella unión nació un monstruo híbrido, cuerpo de hombre y cabeza de toro, y espanto de todos los cretenses. Para ocultar eternamente a aquel ser el rey de  Creta ordenó a Dédalo construir un laberinto, dentro del cual sería confinado. Sucedía además que Creta tenía sometida a Atenas debido a una guerra pasada en que la primera había derrotado a la segunda. A consecuencia de ello los cretenses habían impuesto a los atenienses entregar cincuenta jóvenes, mancebos y doncellas, anualmente con el fin de ser introducidos en el laberinto y sacrificados al minotauro. Los atenienses reprocharon ese año a Egeo, su rey, que eran ellos, y no él, los que perdían año tras año a sus hijos. Así que Teseo, el hijo del rey Egeo se presentó voluntario para ser sacrificado él al minotauro. Al despedirse de su desconsolado padre le consoló diciéndole que intentaría dar muerte al terrible minotauro y, si lo conseguía, sustituiría a la vuelta las velas negras de la nave por otras de color blanco. La nave partió con Teseo y los otros jóvenes a bordo. Al llegar a Creta, Ariadna, hija de Minos y Pasífae, los reyes, se enamoró del joven y urdió una estrategia para que su suerte no fuese tan funesta como la de los desdichados que le precedieron. Entregó a Teseo un ovillo, el cual debía éste ir desenrollando según avanzaba por el laberinto, a fin de ser capaz más tarde –en caso de vencer al temible minotauro- de encontrar la salida. Teseo siguió las instrucciones, penetró en el laberinto se encontró con el minotauro, le dio muerte y consiguió dar con la salida siguiendo el hilo de Ariadna. De vuelta a Atenas, en medio de la euforia olvidó la promesa hecha a su padre de cambiar las velas de la nave. Egeo, que se hallaba sobre un acantilado aguardando el regreso no pudo soportar la visión de las velas negras y se arrojó al mar. Aquella noche tuvo en Atenas un sabor agridulce; por un lado, se celebró el final del tributo anual a Creta. Por otro, el rey se había suicidado al creer perdido a Teseo. Los atenienses decidieron sacar la nave e instalarla sobre una suave colina como monumento que recordara la muerte del minotauro a manos de Teseo. Pero ocurría que las maderas, expuestas a la salina brisa del mar se deterioraba hasta pudrirse. Cuando esto ocurría se sustituía la tabla deteriorada por otra nueva para que la embarcación no quedase convertida en un maderamen ruinoso.

Pues bien, según cuenta el poeta latino Plutarco en sus Vidas paralelas, los atenienses, que con frecuencia visitaban la colina, gustaban de discutir sobre la siguiente cuestión: ¿cuántas tablas hay que cambiar para que la nave deje de ser la misma y comience a ser otra? He ahí un genuino problema filosófico. Es un problema filosófico, en primer lugar, porque, a diferencia de los problemas científicos, no se puede resolver “observando” el barco. Ni siquiera utilizando los medios más modernos, desde microscopios, análisis químicos de la madera, estudios de la acción del viento y la humedad sobre los materiales… conseguiremos resolverlo, porque la respuesta a esa pregunta no se halla en el barco sino en el lenguaje que usamos para hablar de él. Por ejemplo, en la palabra “mismo”. Se trata de una de las palabras más difíciles de entender de cuantas hay en nuestros diccionarios, por más que la usemos constantemente. En latín se expresaba mediante el pronombre “idem”, y por eso al intento de aclarar su significado se le conoce en filosofía como problema de la “identidad”.

Quizá el primero que lo sacó a la palestra fue el filósofo griego Heráclito. Éste dijo que “nunca nos bañamos dos veces en el mismo río”, lo que significa que si hubiese tenido oportunidad de sentarse a conversar a la sombra del barco de Teseo, hubiera respondido que basta con cambiar una pieza del maderamen para que el barco ya no sea el mismo. Quizá por eso Heráclito también es famoso por afirmar que “todo fluye”. En cierto modo, la respuesta de Heráclito es muy razonable, pues, en rigor, si se cambia una pieza de la madera no puede afirmarse que el barco siga siendo el mismo. Al menos no se puede decir sea exactamente el mismo. Parece que no hay forma de llevar la contraria a una respuesta así.

Sin embargo, hay filósofos que se han atrevido a hacerlo. Por ejemplo Aristóteles. Aunque ahora no cumple explicar todo lo que dijo Aristóteles, lo cierto es que uno de los puntos más importantes de su filosofía consistió en proponer una alternativa a la respuesta de Heráclito. Más o menos, su respuesta consistió en decir: aunque cambiemos algunas maderas, el barco seguirá siendo el mismo. O sea: cada vez que cambiemos una madera tendremos un estado diferente del mismo barco, pues para Aristóteles las cosas se componen de dos ingredientes: aquello que permite que sean ellas mismas y aquello que hace que su estado en un momento dado sea diferente del estado en que se encuentren en otros momentos pasados o futuros. Al primer ingrediente de las cosas lo llamaba “sustancia”. Al segundo “accidente”. Lo cierto es que cuando Aristóteles decía estas cosas no pensaba tanto en barcos como en seres vivos: plantas, animales, personas. Al igual que los barcos o los ríos, los seres vivos también cambiamos. Todos los días nuestro organismo genera células que remplazan a otras que mueren. O células que se suman a las que ya existen. El resultado es palpable: imaginad que al nacer una persona hay alguien le hace una foto cada año. Cuando esa persona tenga sesenta años dispondrá de otras tantas fotografías que, ordenadas, mostrarán todos sus cambios físicos a lo largo del tiempo. Si se las enseñara a dos amigos, uno de ellos partidario de Heráclito y otro de Aristóteles, el primero le diría que cada año era otro distinto. El segundo que se trata de la misma persona bajo diferentes estados. Si además hubiese en la reunión un químico y un biólogo, éstos dirían que la ciencia no da respuesta a ese tipo de preguntas, y que si entran en la conversación, que por otro lado es probable que les parezca muy interesante, no estarían hablando ni como un químico ni como un biólogo, sino como filósofos aficionados. Y llevarían razón al decir tal cosa.

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